Había una vez un niño de gran sombrero que vivía en un humilde y hermoso reino. Aunque la gente de ahí era buena no lo conocían, ni siquiera se percataban de su presencia en las ocasiones que pasaban a su lado, haciendo sentir al pobre niño solo y extraño.
Los demás pequeños del reino, siempre jugaban muy alegres corriendo por todas partes. Aquellos tenían la conciencia de provenir de unos padres a los que podían volver cuando quisiesen, luego de haber estado a fuera todo el día; ...no como el niño de gran sombrero quien sólo sabe que allí lo dejaron. Tal vez un "padre". Tal vez una "madre" u otra persona ¿qué más da? Él sabía que vivía. Sí, vivía... sino, ¿por qué estaba en ese lugar? ¿cuál era el propósito?. Su mente se volvía confusa y oscura, pues las respuestas a sus preguntas no estaban al alcance... no estaban para su imaginación, quizá era mejor no saberlas... Él era extraño por ser diferente y, aún más, creía ser una molestia al no ser tomado en cuenta.
Un día, con poca frecuencia, alguien tropezó con él. Era un chico de una melena oscura, quizá como los demás que corren por los alrededores. Al levantarse del suelo, limpió sus pantalones y se disculpó:
-No importa-respondió el niño de gran sombrero, a lo que el chico lo miró extrañado.
-Que raro eres, ¡cualquiera hubiese dicho "ten más cuidado", con una voz enojada!
-¿Por qué tienes puesto un sombrero tan grande? ¿Ves bien?
-Ahm... no lo sé, pero lo tengo desde que nací.
-¿Te lo regaló tu mamá?
-No lo sé...-el chico lo miró con unos ojos enormes.
-¿No sabes? ¿¡No tienes mamá!?
Fue así que durante todo el día, este chico le hizo preguntas de sí mismo, aunque el niño de gran sombrero le respondía con frases cortas. La verdad es que nunca antes le habían preguntado cosas, por ello no sabía bien que debía contestar. Jamás imaginó tal situación.
Al término del día, el nuevo muchacho prometió jugar con él la próxima vez, por lo que ansioso y preocupado, el niño de gran sombrero no pudo dormir en toda la noche. A la mañana siguiente, el chico curioso le enseñó a jugar a las escondidas, a pesar de que él ya sabía, escuchó atentamente, pensando de si lo haría bien o no, pues no quería arruinar la diversión. Pero pronto olvidó sus dudas, y rió como nunca lo había hecho.
Y así fueron todos los días. El niño de gran sombrero ya no se sentía tan extraño, tenía la sensación de ser parte de "algo", y esas preguntas que lo atormentaban poco a poco se alejaron. Hasta que una tarde, el muchacho le pidió su sombrero, pues sentía curiosidad por tenerlo puesto. Nuestro niño, aunque dudando bastante, se lo prestó por la jornada. Cuando se apartaron al anochecer, este sintió frío en su cabeza, percatándose de que el chico no le devolvió su prenda. Sin embargo, eliminó rápido sus preocupaciones con la confianza de que mañana lo vería. Mas, al otro día, con el sol puesto en lo alto del cielo, no lo encontraba por ninguna parte.
Fue entonces, que en el ocaso, se dirigió a la casa en la que debía vivir el chico curioso, creyendo que a lo mejor tuvo algo que hacer por lo cual no pudo salir a jugar. Tocó la puerta varias veces, pero nadie respondió. La angustia le invadió. Hasta que la voz de un anciano vecino de por ahí, interrumpió sus pensamientos.
-Si buscas a alguien de aquí, te aviso que todos salieron bien temprano-aquella noticia marcó una gran desilusión en la mirada del niño.
-¿Y no sabe a qué hora vuelven?
-Mmm... No creo que vuelvan, hijo. Hace tiempo que ellos querían mudarse.
-¿Mudarse? pero... él tenía algo mío y no me lo devolvió...
-Lo siento, hijo, pero no van a regresar.
Una lágrima bajó por su mejilla, y luego de esa muchas otras. Lloró. Lloró tanto que la gente que pasaba a su alrededor, esa gente que al principio no lo reconocía por no tener el gran sombrero puesto, esa gente que sólo lo conocía superficialmente, se acercó con compasión.
Era la primera vez que él lloraba, y volvió a sentirse solo y extraño al ver que se molestaban en ayudarlo, invitándolo a hogares, dándole algo que comer o ropas nuevas que vestir, pues lo veían desamparado. A pesar de todo ese "cariño" y quizá "comprensión" por parte de los otros, no le hacía sentir nada especial. Su preciado sombrero, aunque no supiera como lo obtuvo, siempre fue su único y fiel acompañante, pero ya no lo tenía... y ese lazo de confianza que sintió alguna vez por ese chico de cabellos oscuros, se había esfumado. ¿Por qué le pasaban estas cosas? ¿Por qué el niño no le avisó nada?
Al día siguiente, con los ojos algo hinchados, volvió a su rutina tradicional: caminar y observar. De pronto, sus pasos se detuvieron frente a las gigantes puertas de entrada al reino, allí se encontraba el portero con un papel entre las manos. Nuestro niño se acercó más, imaginando que por ese portal habría salido el chico y su sombrero. Cuando de improvisto, la mano del portero lo detiene por el hombro.
-Hey, niño, ¿tu no usabas un sombrero gigante?
El niño, perplejo, afirmó con la cabeza. El adulto se dirigió a una silla cerca de la puerta, y luego volvió con un artículo: el sombrero.
-¿Es este?-le preguntó al momento que al pequeño se le iluminaron los ojos, y lo tomaba-me lo dejó el hijo de una familia que ayer se mudó, y también esta carta-pasádole el papel que tenía.
-¿Para mi?
Él abrió la carta y la leyó. Después, comenzó a llorar. La carta pedía disculpas por no decirle que se iba ni entregarle su sombrero en el momento, que lo extrañaría y se encontraba feliz por haberlo conocido, y si algun día regresaba al reino, esperaba jugar con él nuevamente.
-No llores, pequeño. Auque él no viva aquí, siempre estará muy cerca de ti-apuntando hacia su corazón.
Tal vez el niño de gran sombrero lloraba de felicidad por recuperar su querida posesión, pero más que todo, lloraba porque al fin alguien sabía de él, lo que ya no lo hacía un extraño; ese alguien era lo que inconscientemente buscaba en lo que observaba: un amigo.
Su sombrero pronto dejó de usarlo, mas nunca se separó de él. Pudo ver más allá de lo que antes se limitaba, pudo ver las manos amigas de la buenas personas del reino, y de los niños que deseaban ser sus amigos. La vida se hizo algo más ligera y sonriente, no oscura y solitaria como la sentía.
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